Frente a los que proclaman que en la unión se halla la fuerza y en la división la derrota, frente a los que reclaman la homogeneidad en las actitudes y excluyen la diferencia en las respuestas, frente a todos aquellos que luchan por la cultura única o, cuanto menos, por defender de cualquier permeabilidad la propia, debe elevarse la voz que habla de la riqueza de la diversidad, de la hermosura de lo distinto, de los valores de lo nuevo, de la libertad de la "apertura".
"Todos somos iguales. Hombres y mujeres. Pero todos somos distintos".
Lo que plantea hoy la inmigración, creo yo, tiene tres vertientes ineludibles: la primera es el asumir la responsabilidad que nos corresponde a todos y cada uno de los humanos, seamos quienes seamos y vengamos de quien vengamos y que nos deben empujar hacia quienes se mueren de hambre y ven peligrar sus vidas al huir de sus países.
La segunda es la de observar, desde la absoluta normalidad, que gente de distintos orígenes viven a nuestro lado.
La tercera, creo, es la de lograr que ese cúmulo de razas, tierras y sobre todo culturas, brote no sólo la vivencia, sino también la verdadera "convivencia", aquella que respira respeto, tolerancia y por qué no decirlo, bondad.
Este compendio de cosas es un reto que no es fácil alcanzarlo en toda su plenitud, tanto para el nativo, como para el extranjero, pero si hacemos caso a los valores, no debemos dejar cabida ni para la violencia, ni tampoco para la discriminación. No demostremos rechazo, ni siquiera para las dudas.
Somos todos iguales. Hombres y mujeres. Pero somos todos distintos. Hay límites esenciales que no se deben rebasar. Al igual que somos hombres y mujeres distintos, hemos dicho que somos iguales. Esta igualdad viene marcada por nuestra esencia humana, aquella que nos dota de derechos inalienables sea cual sea nuestro origen, nuestra religión, cultura, etc...
De dónde vengamos y a dónde vayamos, tenemos todos derecho a la vida, derecha a la libertad, a la privacidad, derecho a la personalidad jurídica, a la educación, al trabajo, a la propiedad, a no ser esclavizados, a no ser torturados, a no ser arbitrariamente detenidos.
Tenemos libertad de opinión y derecho, en fin, a la igualdad ante el matrimonio. ¡Todos! Absolutamente todos, de dónde vengamos y a dónde vayamos.
No debemos permitir actitudes disfrazadas de cultura y de religión que violen estos principios.
La cultura que va en contra del hombre no es cultura. Lo que viola Los derechos humanos, no es humano. Aquí el auténtico límite de la convivencia, es su falta.
Lo demás, aunque algunos prefieran ser "sordos" y "ciegos", es desde el respeto mutuo, donde alcanzaremos la verdadera convivencia.
¡Seamos humanos! Que es lo mismo, que ser "personas". Lo más importante en esta vida.


 

 

 

 

 

 

           

 

 

 


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