La estructura mental del apegado contiene una dudosa presunción filosófica respecto al orden del universo. En el afán de conservar el objeto deseado, la persona que es dependiente, de una manera ingenua y arriesgada, concibe y acepta la idea de lo "permanente", de lo eternamente estable. El efecto tranquilizador que esta creencia tiene para los adictos es obvio: la permanencia del proveedor garantiza el abastecimiento. Aunque está claro que nada dura para siempre (al menos en esta vida el organismo inevitablemente se degrada y deteriora con el tiempo), la mente apegada crea el anhelo de la continuación y perpetuación ad infinitum: la inmortalidad.
Hace más de dos mil años, Buda alertaba sobre los peligros de esta falsa eternidad psicológica: "Todo esfuerzo por aferrarnos nos hará desgraciados, porque tarde o temprano aquello a lo que nos aferramos desaparecerá y pasará. Ligarse a algo transitorio, ilusorio e incontrolable es el origen del sufrimiento. Todo lo adquirido puede perderse, porque todo es efímero.
El apego es la causa del sufrimiento".
La paradoja del sujeto apegado resulta patética: por evitar el sufrimiento instaura el apego, el cual incrementa el nivel de sufrimiento, que lo llevará nuevamente a fortalecer el apego para volver otra vez a padecer. El círculo se cierra sobre sí mismo y el vía crucis continúa.
El apego está sustentado en una falsa premisa, una utopía imposible de alcanzar y un problema sin solución. La siguiente frase de Buda, es de un realismo cruento pero esclarecedor:
"Todo fluye, todo cambia, todo nace y muere, nada permanece, todo se diluye; lo que tiene principio, tiene fin, lo nacido muere y lo compuesto se descompone. Todo es transitorio, insustancial y, por tanto, insatisfactorio. No hay nada fijo a qué aferrarse".
Los "Tres Mensajeros Divinos", como él los llamaba: enfermedad, vejez y muerte, no perdonan. Tenemos la opción de rebelarnos y agobiarnos porque la realidad no va por el camino que quisiéramos, o afrontarla y aprender a vivir con ella, mensajeros incluidos.
Decir que todo se acaba significa que las personas, los objetos o las imágenes en las cuales hemos cifrado nuestras expectativas de salvaguardia personal, no son tales. Aceptar
que nada es para toda la vida, no es pesimismo sino realismo saludable. Incluso puede servir de motivador para beneficiarse del aquí y ahora: "Si voy a perder los placeres de la vida, mejor los aprovecho mientras pueda". Esta es la razón por la cual los individuos que lo-
gran aceptar la muerte como un hecho natural, en vez de deprimirse, disfrutan de cada día como si fuera el último.
¿No créis que es mejor ser positivo y realista en esta vida que nos ha tocado vivir y disfrutarla mejor?...

Maica

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 

 

 

Artista Desconocido


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