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Esta
es una de nuestras tareas pendientes. Tenemos que sanar nuestra infancia. No
importa la edad que se tenga: el niño o la niña que fuimos sigue ahí, en nuestro
interior. Y podemos llevar hasta el, el amor, la comprensión y el cariño que no
tuvo. Esta cuestión es vital y merece un amplio estudio; será parte importante
de un trabajo arduo.
Sanar la propia infancia y ayudar a otros a que hagan lo mismo es la única
posibilidad real de romper esas invisibles correas de transmisión que
transportan el dolor y el mal de generación en generación.
El padre que comete incesto, sin duda es un monstruo que aparece como culpable
ante la sociedad: pero esas pulsiones perversas, ¿como y donde nacieron en
el?... ¿Que circunstancias le acompañaron a el mismo como para llegar a actuar
de forma tan abominable?
Sin llegar a esos extremos delictivos, la vida de una familia normal a veces es
la gran trampa, donde queda atrapada nuestra infancia. Y digo trampa, porque las
dosis letales de negatividad que nos inyectaron nuestros padres sin quererlo y
sn saberlo, y que a su vez traspasamos inconscientemente nosotros a nuestros
hijos, van siempre acompañadas y rodeadas del cariño, del amor real que, salvo
contadas excepciones, existe siempre entre padres e hijos. Se puede querer mucho
a un hijo y hacerle un daño irreparable con una educación equivocada. Y ese hijo
o hija escogerá su pareja de acuerdo con el modelo transmitido por su padre o su
madre, y a su vez, cuando tenga hijos, les transmitirá sin quererlo ese coctel
ambiguo de cariño y errores; y así de generación en generación, como una larga
cadena cuyo principio nunca podremos conocer.
Como veis, hace falta romper ese circulo vicioso. Quedarse anclado en el pasado
es la estrategia que el miedo y la culpa utilizan para impedir que se viva el
presente.
Es un tema interesante, y que tiene malas consecuencias, si nos dejamos llevar
por el miedo, porque existe una tendencia en todos nosotros a quedarnos
mentalmente sumidos en lo que fue y ya no es. Y la evocación del pasado, junto
con la proyección temerosa hacia el futuro, es una cuerda sutil pero implacable
que nos inmoviliza y nos ata, para que el miedo pueda seguir reinando.
No quiero extenderme demasiado para no cansarles, pero no puedo dejar de añadir
que el pasado igual que el futuro, es un juego de espejos que proyectan imágenes
irreales. Y de esta irrealidad se alimenta el miedo.
Cada cual mantiene, en mayor o menor grado, esta camarilla de sombras internas;
por tanto, el reino no tiene mas que un solo súbdito: uno mismo.
Quizá las barbaridades que a diario se cometen en este mundo, junto con con las
violaciones de los derechos humanos de millones de individuos, sean un reflejo
en el plano material de esa dictadura a la que vivimos sometidos los seres
humanos dentro de nuestra mente.
No deja de ser curioso que la palabra libertad, llena de connotaciones hermosas
y cantada por los poetas de todas las épocas, sea algo a lo que voluntariamente
se renuncia.
Y no hablo de las libertades políticas o sociales, sino de la autentica
Libertad, con mayúscula. Hablo de la libertad interior.
Si no la recuperamos individualmente, difícilmente podrá hacerse realidad la
utopia de un mundo real donde exista la fraternidad, la tolerancia y el respeto.
Mi opinión particular, es que creo hay que aprender a cambiar uno mismo, antes
de pretender cambiar el mundo.
De nada vale quejarse y echar la culpa a los otros; la realidad la construimos
entre todos.
Si llegáramos a comprender en profundidad que todo esta interrelacionado, que
todos formamos parte de un Todo y que nadie, en el tejido de la vida, esta
separado del resto, empezarían a cambiar las cosas.

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