Sobre esto, podríamos decir que el adicto afectivo, no es precisamente "impecable" a la hora de optimizar y utilizar su energía. Es un pésimo "guerrero". El sobreesfuerzo de un amor dependiente tiene dos caras. Por un lado, el sujeto apegado
hace un despliegue impresionante de recursos para retener su fuente de gratificación.
Los activo-dependientes pueden volverse celosos e híper vigilantes, tener ataques de ira, desarrollar patrones obsesivos de comportamiento. agredir físicamente ó llamar la atención de manera inadecuada, incluso mediante atentados contra la
propia vida. Los pasivo-dependientes tienden a ser sumisos, dóciles y extremadamente obedientes para intentar ser agradables y evitar el abandono. El repertorio de estrategias retentivas, de acuerdo con el grado de desesperación e inventiva del apegado, puede ser diverso, inesperado y especialmente peligroso.
La segunda forma de despilfarro energético no es por exceso sino por defecto.
El sujeto apegado concentra toda la capacidad placentera en la persona "amada", a expensas del resto de la humanidad. Con el tiempo, esta exclusividad se va convirtiendo en fanatismo y devoción: "mi pareja lo es todo". El goce de la vida se reduce a una mínima expresión: la del otro. Es como tratar de comprender el mundo mirándolo a través del ojo de una cerradura, en vez de abrir la puerta de par en par. Quizás el refrán tenga razón: "no es bueno poner todos los huevos en la misma canasta": Definitivamente, hay que repartirlos.
El apego en fin, enferma, castra, incapacita, elimina criterios, degrada y somete, deprime, genera estrés, asusta, cansa, desgasta y finalmente, acaba con todo residuo de humanidad disponible.

Maica